ORACIÓN A SAN MIGUEL ARCÁNGEL (POR SAN JUAN PABLO II EN EL MONTE GARGANO).

El 24 de mayo de 1987 en el Santuario de San Miguel Arcángel en Mont Sant’Angelo, el Papa Juan Pablo II recitó ante la imagen del Arcángel San Miguel, la oración que compuso el Papa León XIII:
«San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla; sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímalo Dios, pedimos suplicantes; y tú, Príncipe de la milicia celestial, lanza al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos, que discurren por el mundo para la perdición de las almas».
También dijo estas palabras:
«Leemos en el Apocalipsis: «Entonces estalló la guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el Dragón. Y el Dragón y sus ángeles lucharon, pero no prevalecieron, ni se halló lugar para ellos en el cielo. Y fue arrojado el gran Dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él». En esta dramática descripción, el autor sagrado nos presenta la historia de la caída del primer ángel, seducido por la ambición de ser «como Dios». De ahí la reacción del arcángel Miguel, cuyo nombre hebreo, «¿Quién como Dios?», afirma la singularidad de Dios y su inviolabilidad.
Él es el Arcángel que reclama los derechos inalienables de Dios. Es uno de los príncipes del Cielo elegidos para proteger al Pueblo de Dios, de quien vendrá el Salvador. Ahora bien, el nuevo pueblo de Dios es la Iglesia. Por eso, ella lo considera su protector y apoyo en todas sus luchas por la defensa y la expansión del reino de Dios en la tierra. Es cierto que «las puertas del infierno no prevalecerán», según la promesa del Señor, pero esto no significa que estemos exentos de pruebas y batallas contra las asechanzas del maligno.
En esta lucha, el Arcángel Miguel está al lado de la Iglesia para defenderla contra toda la maldad del siglo, para ayudar a los creyentes a resistir al Diablo que «como un león rugiente anda buscando a quién devorar».
Esta lucha contra el Diablo, que distingue la figura del Arcángel Miguel, sigue vigente hoy en día, porque el Diablo aún vive y actúa en el mundo. De hecho, la maldad que hay en él, el desorden que se encuentra en la sociedad, la incoherencia del hombre, la fractura interior de la que es víctima no son solo consecuencias del pecado original, sino también el efecto de la acción infestante y oscura de Satanás, de este socavador del equilibrio moral del hombre, a quien san Pablo no duda en llamar «el dios de este mundo», ya que se manifiesta como un astuto encantador, que sabe insinuarse en el juego de nuestras acciones para introducir desviaciones que son tan dañinas como aparentemente conformes con nuestras aspiraciones instintivas. Por esta razón, el Apóstol de los Gentiles advierte a los cristianos contra las trampas del Diablo y sus innumerables satélites, cuando exhorta a los habitantes de Éfeso a ponerse «la armadura de Dios para poder afrontar las trampas del Diablo, porque nuestra lucha no es solamente contra la sangre y la carne, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de las tinieblas, contra los espíritus malignos del aire».
También en el Regina Coeli del domingo 24 de abril de 1994 dijo:
«Quiera Dios que la oración nos fortalezca para la batalla espiritual de la que habla la carta a los Efesios: «Fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder» (Ef 6, 10). A esa misma batalla se refiere el libro del Apocalipsis, reviviendo ante nuestros ojos la imagen de San Miguel Arcángel (cf. Ap 12, 7). Seguramente tenía muy presente esa escena el Papa León XIII cuando, al final del siglo pasado, introdujo en toda la Iglesia una oración especial a san Miguel: «San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla contra los ataques y las asechanzas del maligno; sé nuestro baluarte…». Aunque en la actualidad esa oración ya no se rece al final de la celebración eucarística, os invito a todos a no olvidar rezarla para obtener ayuda en la batalla contra las fuerzas de las tinieblas y contra el espíritu de este mundo«.





