¿POR QUÉ TE AMO, OH MARÍA? (POURQUOI JE T’AIME, Ô MARIE! POEMA DE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS).

1.

Oh, quisiera cantar, María, por qué te amo,

por qué Tu Nombre dulce me hace el pecho saltar,

y por qué la grandeza suprema de tu alma

a mi alma no puede inspirarle temor.

Si te contemplara en tu gloria inefable,

brillando más que la luz de todos los santos,

que soy tu hija no podría creer,

¡oh María!, ante ti los ojos bajaría…

2.

Para que una hija a su madre pueda amar,

es preciso que esta sepa llorar con ella,

que comparta sus dolores y sus penas…

¡Oh Madre entrañable, en esta orilla de llanto,

para ganar mi corazón, cuántas lágrimas vertiste!

Meditando tu vida en el Santo Evangelio,

me atrevo a mirarte y a acercarme a ti.

No me resulta difícil creerme tu hija,

pues te veo mortal y sufriendo como yo.

3.

Cuando un ángel del cielo te ofrece ser la Madre

de un Dios que ha de reinar por toda la eternidad,

te veo preferir, ¡oh María!, qué misterio,

el inestimable tesoro de la virginidad.

Comprendo que tu alma, Inmaculada Virgen,

sea más querida del Señor que el cielo mismo;

comprendo que tu alma, Humilde y Dulce Valle,

pueda contener a Jesús, el Océano de amor…

4.

¡Oh, te amo, María, diciéndote la sierva

del Dios al que seduces con tu humildad!

Esta virtud suprema te hace omnipotente,

atrae a tu corazón a la Santa Trinidad.

Entonces el Espíritu de Amor te cubre con su sombra,

el Hijo, igual al Padre, en ti se encarna…

¡Habrá un gran número de sus hermanos pecadores,

pues se ha de llamar: Jesús, tu Primogénito!

5.

¡Oh Madre amada, a pesar de mi pequeñez,

poseo como tú al Todopoderoso en mí!

Pero no tiemblo al ver mi debilidad:

el tesoro de la madre pertenece a la hija,

y yo soy tu hija, ¡oh mi Madre querida!

¿Acaso tus virtudes, tu amor, no son míos?

Por eso, cuando la sagrada Hostia baja a mi corazón,

Jesús, tu Dulce Cordero, ¡cree descansar en ti!

6.

Tú me lo haces comprender, oh Reina de los Santos,

que no es imposible seguir tus huellas.

El estrecho camino del cielo tú lo has hecho visible

practicando siempre las más humilde virtudes.

Junto a ti, María, me gusta permanecer pequeña,

de las grandezas terrenales veo la vanidad;

en casa de Santa Isabel, recibiendo tu visita,

aprendo a practicar la ardiente caridad.

7.

Allí escucho encantada, dulce Reina de los ángeles,

el canto celestial que brota de tu corazón.

Tú me enseñas a cantar las divinas alabanzas,

a gloriarme en Jesús, mi único Salvador.

Tus palabras de amor son místicas rosas

que han de perfumar los siglos futuros.

En ti el Todopoderoso ha hecho grandes cosas,

quiero meditarlas para bendecirlo por ellas.

8.

Cuando el justo José ignora el gran prodigio

que tú querrías ocultar en tu humildad,

¡ah, te dejas llorar cerca del Tabernáculo,

sin revelar el secreto de la Divinidad!…

¡Cómo amo, María, tu elocuente silencio!

Para mí es un concierto dulce y melodioso

que me habla de la grandeza y la potencia

de un alma que solo del Cielo espera su socorro.

9.

Más tarde en Belén, oh José y María,

los veo rechazados por todos los habitantes.

Nadie quiere acoger en su posada a pobres forasteros,

¡hay sitio para los grandes!…

¡Hay sitio para los grandes, y es en un pesebre

donde la Reina del Cielo debe dar a luz a un Dios!

¡Oh mi Madre querida, qué amable te encuentro,

qué grande me pareces en un lugar tan pobre!

10.

Cuando veo al Eterno envuelto en pañales,

cuando del Verbo Divino oigo el débil llanto,

oh mi Madre querida, ¡dejo de envidiar a los ángeles,

pues su Señor supremo es mi Hermano muy amado!…

¡Cómo te amo, María, a ti que en nuestras orillas

has hecho florecer esta Divina Flor!…

¡Cómo te amo escuchando a los pastores y a los magos,

y guardando todo cuidadosamente en tu corazón!

11.

Te amo mezclándote con las demás mujeres

que dirigen sus pasos hacia el Santo Templo.

Te amo presentando al Salvador de nuestras almas

al dichoso Anciano que lo estrecha entre sus brazos.

Sonriendo escucho su profético canto,

pero pronto su tono hace brotar el llanto:

mirando el futuro, el anciano Simeón

te presenta una espada de dolor.

12.

¡Oh Reina de los mártires, hasta la noche de tu vida

esa espada dolorosa atravesará tu corazón!

Ya debes dejar el suelo de tu patria

para esquivar la furia de un celoso rey.

Jesús duerme en paz bajo los pliegues de tu velo,

José te ruega que partas al instante,

y tu obediencia se revela en seguida:

partes sin demora ni razonamientos.

13.

En la tierra de Egipto, me parece, oh María,

que en la pobreza tu corazón permanece alegre.

¿Acaso el Niño Jesús no es la Patria más bella,

qué te importa el exilio, si posees los Cielos?…

Pero en Jerusalén, una amarga tristeza

como un océano inmenso viene a inundar tu corazón:

¡Jesús está perdido tres días para tu ternura!

Eso sí es un exilio en toda su severidad…

14.

Por fin lo encuentras y la alegría te embarga,

dices al bello Niño, admiración del Templo:

«¡Oh Hijo mío!, ¿por qué has actuado así?

Tu padre y yo te buscábamos llorando».

Y el Niño Dios responde (¡oh, qué misterio profundo!)

a la Madre querida que le tiende sus brazos:

«¿Por qué me buscabais? ¿Acaso no sabíais

que en las cosas de mi Padre debo ocuparme?».

15.

El Evangelio me enseña que, creciendo en sabiduría,

Jesús permanece sumiso a José y a María,

y mi corazón me revela con qué ternura

obedece siempre a sus padres amados.

Ahora comprendo el misterio del Templo,

las palabras ocultas de mi Amable Rey:

¡Madre, tu Dulce Hijo quiere darte el ejemplo

de la noche del alma, de la prueba de la fe!

16.

Puesto que el Rey del Cielo ha querido que su Madre

sea sumergida en la noche, en la angustia del corazón,

¿es entonces un bien sufrir en la tierra?

Sí, ¡sufrir amando es la más pura felicidad!…

Todo lo que me ha dado, Jesús puede quitarlo,

dile que jamás me ponga trabas.

Puede ocultarse, estoy dispuesta a esperarlo

sin interrumpir mi fe hasta el día de la muerte.

17.

Sé que en Nazaret, Madre llena de gracia,

vives muy pobremente, sin desear nada más.

¡Ni éxtasis, ni raptos, ni milagros

embellecen tu vida, oh Reina de los Cielos!…

El número de los pequeños es muy grande en la tierra:

ellos pueden sin temblar levantar hacia ti sus ojos.

Es el camino común, Incomparable Madre,

el que te place andar para guiarlos al Cielo.

18.

Mientras espero el Cielo, oh mi Madre querida,

quiero vivir contigo, seguirte cada día.

Madre, contemplándote, me sumerjo encantada,

descubriendo en tu corazón abismos de amor.

Tu mirada materna ahuyenta todos mis miedos,

me enseña a llorar, me enseña a gozar.

En lugar de despreciar las santas alegrías,

tú quieres compartirlas, te dignas bendecirlas.

19.

A los esposos de Caná, viendo su embarazo,

que no pueden ocultar, pues les falta el vino,

en tu solicitud te dirijes al Salvador,

esperando el socorro de su poder divino.

Jesús parece al principio rechazar tu oración:

«¿Qué hay entre tú y yo?», responde con severidad.

Pero en el fondo de su corazón te llama su Madre,

y su primer milagro lo realiza por ti…

20.

Un día en que los pecadores escuchan la doctrina

de Aquel que querría en el Cielo acogerlos,

María, te encuentro con ellos en la colina:

alguien dice a Jesús que deseas verlo.

Entonces, tu Divino Hijo, ante la multitud entera,

muestra hacia nuestro amor la inmensidad del suyo.

Dice: «¿Quién es mi hermano, mi hermana y mi madre,

sino aquel que cumple mi voluntad?».

21.

¡Oh Inmaculada Virgen, la más tierna de las madres,

escuchando a Jesús no te entristeces!

Sino que te alegras de que Él nos haga comprender

que nuestra alma se convierte en su familia aquí abajo.

¡Oh, te alegras de que nos dé su vida,

los infinitos tesoros de su Divinidad!…

¿Cómo no amarte, oh mi Madre querida,

viendo tanta amor y tanta humildad?

22.

Tú nos amas, María, como Jesús nos ama,

y por nosotros aceptas alejarte de Él.

Amar es darlo todo y darse a sí mismo:

tú quisiste probarlo quedándote nuestro sostén.

El Salvador sabía de tu inmensa ternura,

conocía los secretos de tu corazón maternal;

¡Pecadores, os deja por Madre de ternura

a la misma Reina del Cielo!

23.

Juan te acoge como madre en su casa,

debe reemplazar a Jesús para siempre…

Es el último detalle que el Evangelio da,

de la Reina del Cielo no habla ya más.

Pero su profundo silencio, oh mi Madre querida,

¿no revela acaso que el Verbo Divino

quiere Él mismo cantar los secretos de tu vida

para encantar a sus hijos, los electos del Cielo?

24.

Pronto voy a escuchar esta dulce armonía,

pronto al Cielo hermoso voy a ir a verte.

Tú que viniste a sonreírme en la mañana de mi vida,

ven a sonreírme otra vez… Madre, ¡ya es de noche!…

No temo ya el brillo de tu gloria sublime,

contigo he sufrido y quiero ahora

cantar en tus rodillas, oh María, por qué te amo,

¡y repetir por siempre que soy tu hija!…

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