ORACIÓN DEL PAPA PÍO XII EN SU DISCURSO EN HONOR A MARÍA REINA. NOVIEMBRE, 1954.

Desde las profundidades de esta tierra de lágrimas, donde la humanidad sufriente se arrastra dolorosamente; en medio de las olas de este mar nuestro perpetuamente agitado por los vientos de las pasiones; elevamos nuestros ojos a ti, oh María, Madre amadísima, para consolarnos al contemplar tu gloria, y para aclamarte como Reina y Señora del cielo y de la tierra, nuestra Reina y Señora.

Deseamos exaltar esta realeza tuya con el legítimo orgullo de hijos y reconocerla como debida a la suprema excelencia de todo tu ser, oh dulcísima y verdadera Madre de Aquel que es Rey por derecho propio, por herencia, por conquista.

Reina, oh Madre y Señora, mostrándonos el camino de la santidad, guiándonos y asistiéndonos, para que nunca nos desviemos de él.

Así como en las alturas del cielo ejerces tu primacía sobre las huestes de ángeles, que te aclaman como su Soberano; sobre las legiones de santos, que se deleitan en la contemplación de tu resplandeciente belleza; así reinas sobre toda la humanidad, especialmente abriendo los caminos de la fe a quienes aún no conocen a tu Hijo. Reina sobre la Iglesia, que profesa y celebra tu dulce dominio y acude a ti como refugio seguro en medio de las calamidades de nuestros tiempos. Pero reina especialmente sobre aquella parte de la Iglesia que es perseguida y oprimida, dándole la fuerza para soportar la adversidad, la constancia para no doblegarse ante la presión injusta, la luz para no caer en las trampas del enemigo, la firmeza para resistir los ataques abiertos y, en todo momento, una fidelidad inquebrantable a tu Reino.

Domina sus mentes, para que busquen solamente la verdad; domina sus voluntades, para que persigan solamente el bien; domina sus corazones, para que amen solamente lo que tú mismo amas.

Reina sobre individuos y familias, así como sobre sociedades y naciones; sobre las asambleas de los poderosos, sobre los consejos de los sabios, así como sobre las sencillas aspiraciones de los humildes.

Reina en las calles y plazas, en las ciudades y pueblos, en los valles y montañas, en el aire, en la tierra y en el mar;

y acepta las piadosas oraciones de aquellos que saben que el tuyo es un reino de misericordia, donde toda súplica encuentra oído, todo dolor consuelo, toda desgracia alivio, toda enfermedad salud, y donde, casi con la señal de tus manos más gentiles, la vida surge sonriente de la muerte misma.

Concede que aquellos que ahora en todo el mundo te aclaman y te reconocen como Reina y Señora, puedan un día disfrutar de la plenitud de tu Reino en el cielo, en la visión de tu Hijo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. ¡Que así sea!

Papa Pio XII, 1 de noviembre de 1954.

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