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LOS INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS.

«He aquí los instrumentos del arte espiritual. Si los usamos constantemente día y noche, y los devolvemos en el día del juicio, el Señor nos dará el premio que Él mismo prometió: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre concibió lo que Dios tiene preparado para los que le aman»».
- En primer lugar, amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.
- Después, amar al prójimo como a sí mismo.
- No matar.
- No cometer adulterio.
- No robar.
- No codiciar.
- No levantar falso testimonio.
- Honrar a todas las personas.
- No hacer a otro lo que no se quiere para sí.
- Negarse a sí mismo para seguir a Cristo.
- Castigar el cuerpo.
- No buscar placeres.
- Amar el ayuno.
- Consolar a los pobres.
- Vestir al desnudo.
- Visitar a los enfermos.
- Sepultar a los muertos.
- Socorrer al que está en la tribulación.
- Consolar al afligido.
- Hacerse ajeno a las cosas del mundo.
- No anteponer nada al amor de Cristo.
- No dar curso a la ira.
- No guardar rencor.
- No tener dolo en el corazón.
- No dar una paz fingida.
- No abandonar la caridad.
- No jurar, para no jurar en falso.
- Decir la verdad con el corazón y con la boca.
- No devolver mal por mal.
- No inferir injuria, y sufrir pacientemente las que se le infieran.
- Amar a los enemigos.
- No maldecir a los que le maldicen, sino más bien bendecirlos.
- Sufrir la persecución por la justicia.
- No ser soberbio.
- No ser dado al vino.
- No ser comilón.
- No ser dormilón.
- No ser perezoso.
- No ser murmurador.
- No ser detractor.
- Poner en Dios su esperanza.
- Lo que hallare de bueno en sí mismo, atribuirlo a Dios y no a sí mismo.
- El mal, en cambio, saber que siempre lo hace uno mismo, y a sí mismo imputárselo.
- Temer el día del juicio.
- Tener pavor del infierno.
- Desear la vida eterna con toda codicia espiritual.
- Tener la muerte cada día ante los ojos.
- Vigilar en todo momento los actos de su vida.
- Estar seguro de que Dios lo mira en todo lugar.
- Estrellar inmediatamente contra Cristo los malos pensamientos que vienen al corazón, y manifestarlos al anciano espiritual.
- Guardar su boca de palabras malas o perversas.
- No amar el mucho hablar.
- No hablar palabras vanas o que muevan a risa.
- No amar la risa mucha o destemplada.
- Oír con gusto las lecturas santas.
- Darse frecuentemente a la oración.
- Confesar diariamente a Dios en la oración sus males pasados con lágrimas y gemidos.
- Enmendarse de esos mismos males en lo sucesivo.
- No satisfacer los deseos de la carne.
- Odiar la propia voluntad.
- Obedecer en todo los preceptos del Abad, aun cuando él —lo que no suceda— obre de otra manera, acordándose de aquel precepto del Señor: «Haced lo que ellos dicen, pero no lo que ellos hacen».
- No querer ser llamado santo antes de serlo, sino serlo primero para que se diga con verdad.
- Cumplir diariamente con las obras los mandamientos de Dios.
- Amar la castidad.
- No odiar a nadie.
- No tener celos.
- No tener envidia.
- No amar la contienda.
- Huir de la altivez.
- Venerar a los ancianos.
- Amar a los jóvenes.
- Orar por los enemigos en el amor de Cristo.
- Reconciliarse antes de la puesta del sol con aquel con quien se haya tenido discordia.
- Y no desesperar nunca de la misericordia de Dios.
(Capítulo 4 de la Regla de San Benito).




