LA CRUZ Y EL CANGREJO.

En el año 1546, durante los viajes misioneros de San Francisco Javier, estando con sus acompañantes en la islas Molucas (Indonesia) la embarcación fueron sorprendidos por una gran tormenta. San Francisco Javier para aplacar la tormenta cogió su crucifijo, lo ato a un cordón y lo sumergió en el mar mientras hacia una oración. En ese momento la tempestad se calmó pero el cordón se rompió y la cruz se perdió en el fondo del mar.

San Francisco Javier estaba muy triste por la perdida de su Crucifijo pero, al día siguiente, mientras se encontraban caminando por la orilla de la playa, vieron salir del mar un cangrejo que llevaba entre sus pinzas el crucifijo que se había perdido. San Francisco Javier agradeció a Dios con gran alegría por éste gran milagro.

El crucifijo original del milagro se encuentra actualmente en el Relicario de la Capilla del Palacio Real de Madrid, en España.

En la Cruz se llevó a cabo la obra de la redención y por eso todo mal huye al contemplarla. La Cruz es el signo que nos identifica a los Cristianos, contemplando la Cruz nos unimos a Jesús.

Por eso muchos santos nos han enseñado a amar la Cruz y nuestra Santísima Madre también nos muestra su amor por la Cruz, por ejemplo, en las apariciones en la Salette (Francia) en las que tenía un Crucifijo en su pecho, con los instrumentos de la Pasión de su Divino Hijo.

El Santo Rosario tiene un Crucifijo. Al rezar el Santo Rosario comenzamos con la señal de la Cruz y terminamos con la señal de la Cruz y, al pasar las cuentas del Rosario, contemplamos el Crucifijo y comprendemos que tenemos en nuestras manos el arma más poderosa que puede existir. Nada puede hacernos daño.

“En la cruz esta la vida y el consuelo, y ella sola es el camino al cielo.” Santa Teresa de Ávila.

Crucifijo del milagro.

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