MILAGRO EUCARÍSTICO DE SAN GREGORIO MAGNO.

Todos los domingos una mujer regalaba a San Gregorio los panes que habían de consagrarse en la misa que él celebraba. Un día, al llegar el momento de la comunión de los fieles, la referida mujer se acercó a comulgar, y al acercar San Gregorio el Sacramento a su boca y decir Corpus Domini Nostri Jesu Christi proficiat tibi in vitam aeter nam (que el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo te sirva de provecho para la vida eterna), la mujer comenzó a reírse a carcajadas. En vista de ello, el santo retiró su mano de la boca de la comulgante, se fue hacia el altar, colocó en él el Cuerpo del Señor, retornó a donde ella estaba, y en presencia de los otros fieles le preguntó:
—«¿De qué te ríes?».
—«De que llamas cuerpo de Jesucristo a ese trozo de pan que yo he amasado con mis propias manos», contestó la interpelada.
Oído esto, San Gregrorio se postró en el suelo y pidió a Dios que remediase la incredulidad de aquella mujer. Luego se alzó, volvió al altar, tomó el fragmento de pan consagrado que en él dejara un momento antes, y con él en la mano se acercó de nuevo a la incrédula comulgante, quien al ver que el pan del que antes ella se burló se había convertido y transformado en un trozo de carne del tamaño de un dedo, profundamente impresionada por el milagro confesó públicamente su fe en el ministerio de la Eucaristía.
San Gregorio, seguidamente, oró un momento y al instante aquel trozo de carne adoptó de nuevo la apariencia de pan y con él dio de comulgar a la susodicha mujer.
Tomado del libro La Leyenda Dorada.





