SAN ANSELMO Y EL MONJE ENFERMO.

Desde el momento en que San Anselmo ingresó en el monasterio, uno de los religiosos más antiguos de la comunidad comenzó a odiarle de tal manera que, aunque pasaron los años, ni podía soportar la presencia del santo ni siquiera mirarle desde lejos sin sentir hacia él profunda animadversión. Cayó este religioso enfermo, se agravó, y se agravó de tal manera, que a juicio de los médicos su fallecimiento podía ocurrir de un momento a otro. Estando las cosas así, un día, después de la comida, mientras los monjes conforme a la costumbre del monasterio dormían la siesta, el enfermo, que ocupaba una celda en la enfermería, comenzó
a dar voces pidiendo auxilio. Los religiosos que estaban a su lado asistiéndole, al ver su rostro desencajado, y sus ojos girando vertiginosamente en sus órbitas cual si fuesen a salirse de ellas, y su cuerpo convulso y sus manos temblorosas y agitadas haciendo gestos como si quisiera darles a entender que trataba de huir de algún peligro inminente, o de evitar alguna visión horripilante, asustados, le preguntaron:

—Hermano, ¿qué te pasa?

El les respondió:

—Dos feroces lobos se han lanzado sobre mí, me tienen aprisionado entre sus patas y hunden sus dientes en mi garganta pretendiendo ahogarme.

Pero, ¿es que vosotros no los veis?; y si los veis, ¿por qué me preguntáis que qué me pasa? Uno de los que le velaban, al oír esto, salió de la celda a toda prisa, se fue a la de san Anselmo y le refirió lo que el enfermo decía que le estaba ocurriendo. Entonces san Anselmo se retiró a un lugar apartado, oró durante un rato y después se dirigió a la enfermería, entró en la habitación del enfermo, alzó su mano, trazó en el aire la señal de la cruz diciendo sencillamente «En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», y en aquel preciso momento el enfermo se tranquilizó, sonrió y con palabras que le salían del corazón, dio fervorosamente gracias a Dios y a san Anselmo por haberle librado de los espíritus malignos que tan cruelmente le habían atormentado. El santo dijo al enfermo:

—Hermano, arrepiéntete de tus pecados, porque dentro de muy poco, cuando suene la campana del monasterio para que los monjes se levanten de la siesta y acudan al coro a cantar el oficio de nona, morirás.

Una vez que le dijo esto, le dio la absolución paternalmente. Momentos después todo ocurrió tal como el santo había predicho.

Tomado del libro: La Leyenda Dorada.

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